
La Cuaresma llegó muy pronto este año, el 8 de febrero y los discípulos de Jesús aprovechan esta oportunidad anual para renovar su fe y buscar sanación y reconciliación en sus vidas. A prepararse para estos 40 días y noches de oración y ayuno, yo los invito a todos ustedes, la gente buena de la Arquidiócesis de Portland.
El trabajo de construir el reino de Dios aquí en la tierra es una responsabilidad que nos ha sido encomendada a todos nosotros desde el día del Bautismo. Cuando Jesús caminó por la tierra, compartió dos mensajes importantes como parte de su estrategia para fortalecer la relación de la gente con su Dios.
Primero que todo, proclamó las Buena Nuevas del amor y el perdón salvador de Dios. Segundo, llamó a la gente a la conversión, un cambio de corazón, un camino de vida enfocado mucho más en Dios que en nosotros mismos.
El Consejo Arquidiocesano Pastoral me ha animado a invitar a la gente católica del occidente de Oregón a participar en esta experiencia de compartir la fe esta Cuaresma, como ellos lo hicieron en los años en que nosotros escogimos “discípulos en misión” como el lema para la oración y la reflexión entre los parroquianos de la Arquidiócesis.
Motivado por este ánimo y la evidente necesidad de sanación y reconciliación entre nosotros, yo los invito a todos ustedes a unirse a un grupo pequeño para compartir la fe en Cuaresma, con el fin de considerar el llamado a la sanación y la santidad, que nos convierten en discípulos de Jesús.
La Cuaresma es siempre un tiempo de sanación y crecimiento espiritual en santidad. En Cuaresma el llamado a la conversión es profundamente personal. La temporada litúrgica tradicionalmente se enfoca hacia los individuos católicos. Igualmente las comunidades de las parroquias se unen en penitencia a partir del Miércoles de Ceniza, en un principio de vida nueva.
A medida que nosotros consideramos la importancia de la reconciliación, llegamos a un mayor reconocimiento de nuestros propios defectos individuales, al igual que de nuestras acciones colectivas o nuestra pasividad como comunidad de fe.
El llamado hacia “un cambio de corazón”, no es simplemente uno personal. Está dirigido también a la comunidad en su totalidad. Tal cambio de corazón, tal como el Papa Juan Pablo II nos lo recordó a nosotros, puede ser iniciado, renovado y reforzado en los sacramentos de la Eucaristía y la Penitencia.
Este tiempo de Cuaresma nos da una oportunidad de reflexionar juntos piadosamente en la reconciliación necesitada en nuestras vidas. La actividad no tiene la intención de “hacer sentir culpable” a cada cual, pero por el contrario, ésta puede ser un lente muy útil a través del cual nosotros discernimos sobre nuestro llamado bautismal a la santidad, y entonces reflexionamos sobre los aspectos que han dañado, airado y dividido a la gente.
La reconciliación no es un ejercicio de castigo o retribución. Todo empieza con la gracia sanadora que recibimos de Dios el día de nuestro bautismo.
¿Por qué es tan difícil para muchas personas reconciliarse con los demás? Porque ellos tratan de hacerlo por sí mismos. La verdadera sanación y reconciliación es un trabajo para nosotros y debe ser vista como un regalo del Padre. La reconciliación no puede borrar el pecado, el dolor o el abuso. Tampoco será una realidad si se vive como un proceso en grupos pequeños o programa de Cuaresma. Es en general una actitud que toma tiempo y se vive desde la actitud espiritual.
Cristo es nuestra esperanza
El Papa Benedicto XVI estará visitando los Estados Unidos entre el 15 y el 20 de abril. Sus primeros tres días serán en la capital de nuestra nación y la segunda mitad de su visita será en la ciudad de Nueva York. El tema de la visita del Santo Padre a los Estados Unidos es “Cristo Nuestra Esperanza”, el cual refleja la reciente Encíclica del Papa “Spe Salvi”. En esta Encíclica el Papa Benedicto dijo que la fe en Cristo trae esperanza bien fundada en la salvación eterna, la “gran esperanza”.
Yo sugiero que retomemos este tema de la visita papal, como el tema de nuestra práctica en Cuaresma: “Cristo Nuestra Esperanza”. La oración, la penitencia y las buenas obras de la Cuaresma cada año, tienen la intención de promover una relación más cercana entre nosotros y Jesucristo. Es esta la relación que nos da esperanza a pesar de todas nuestras dificultades.
¿Por qué tengo esperanza? Puedo enumerar muchas razones que podrían sumirme en la desesperación: mis propios pecados, la presencia de tanta maldad y sufrimiento alrededor de nosotros, la alienación de las familias, la conducta escandalosa de algunos de mis propios hermanos sacerdotes y obispos.
Pero yo tengo esperanza, porque he sido bendecido con el regalo de la fe en Jesucristo, que vino a morar entre nosotros precisamente por todas nuestras dificultades. Nosotros necesitamos ayuda. Incluso sin que nosotros la pidiéramos, Dios vino al rescate.
Ésta es la verdad de nuestra fe católica, la cual nos sostiene a todos nosotros en las pruebas de la vida. Nosotros somos gente de fe y necesitamos hablar más acerca de esta esperanza basada en nuestra relación con Jesucristo, nuestro Salvador y nuestro Hermano. No sirve de nada, ni hace bien, el esconder la fe. Esto es lo mejor que nos ha pasado a cualquiera de nosotros.
La sanación y la reconciliación se vuelven posibles cuando nosotros reconocemos que somos amados, por Dios y por otros. Algunas veces nuestra propia inhabilidad para expresar nuestro afecto y aprecio se convierte en un gran obstáculo en nuestros esfuerzos de restaurar la esperanza en nuestros amigos y vecinos. Sí, es Jesucristo quien es nuestra esperanza.
Todos tenemos que enfocarnos en esta verdad, con mayor conciencia y regularmente en la temporada de la Cuaresma que tenemos ante nosotros.
El antiguo Papa Juan Pablo II describió a una diócesis como una “comunidad que ora”. Yo encuentro que ésta es una hermosa descripción de lo que usted y yo somos llamados a ser como una familia de creyentes.
La temporada la Cuaresma es una bendición cada año, que nos da a todos la oportunidad de convertirnos en una comunidad más devota. San Agustín una vez describió la oración como la “expansión de nuestros deseos”. Al orar con frecuencia nosotros podemos llegar a ser condicionales. Pero si nosotros estamos con el Señor, Él nos animará a pensar, esperar y amar más ampliamente.
Todas las personas que nos rodean viven sin esperanza, porque viven sin Dios. Nuestro llamado como discípulos en misión es el de liderar a otros en el llamado de Cristo como Nuestra Esperanza. Porque es sólo a través de Cristo, con Él y en Él, que la sanación y la reconciliación serán logradas.
Día Consagrado a la Vida
Los católicos a lo largo y ancho de los Estados Unidos, se unieron este mes en el Día Consagrado a la Vida. Los miembros de varias comunidades religiosas a lo largo de la Arquidiócesis, se reunieron conmigo para un servicio de oración nocturna. En meses recientes he visto algunos eventos significativos en un número de nuestras comunidades religiosas.
El padre Basil Moreau, el fundador de la Congregación de la Santa Cruz, fue beatificado en Francia. En octubre, los monjes benedictinos y las hermanas de Mount Angel completaron su aniversario 125 del establecimiento de sus fundaciones aquí en el occidente de Oregón. El Abad Primado Benedictino vino de Roma a presidir la eucaristía del aniversario. El mes pasado, los jesuitas a lo largo de todo el globo se reunieron en Roma para elegir al nuevo superior general.
Aquí una comunidad religiosa ha empezado a ser un impacto en la misión evangelizadora de nuestra iglesia. Ellos son relativamente nuevos a la vida consagrada, cuando se comparan con gigantes como La Santa Cruz, los Benedictinos y los Jesuitas. Yo estoy hablando de la Sociedad de San Juan, la cual ha establecido su presencia misionera en Corvallis. La Sociedad de la Vida Apostólica lucha por estar a la altura del llamado del Papa Juan Pablo II por una “nueva evangelización”. Dos de sus miembros, Federico Pinto y Matías Perez Constanzo, trabajaron por cerca de dos años en la Parroquia de Nuestra Señora de la Montaña y en el ministerio en el campo universitario de la Universidad del Sur de Oregón, en Ashland.
Cuando la sociedad determinó que quería que dos de sus hombres entraran en el programa de formación sacerdotal en el Seminario de Mount Angel, obviamente una nueva localización se necesitaba. La Parroquia de Santa María y el Centro Newman de la Universidad del Sur de Oregón otorgaron el escenario. Federico y Matías se trasladaron a Corvallis y fueron acompañados por el padre Lucas Laborde y el seminarista Ignacio Llorente. Matías e Ignacio empezaron sus estudios teológicos en Mount Angel, el mes de septiembre del 2005. El pasado otoño Federico fue transferido a una nueva casa de la sociedad en la Diócesis de Chieti-Scalo en Italia. El padre Lucas continúa su trabajo tanto en la Parroquia de Santa María, como vicario parroquial, y como ministro del campo universitario.
Cuando Matías e Ignacio no están trabajando en las actividades de formación sacerdotal, ellos también sirven medio tiempo en la parroquia y las comunidades de la universidad.
La Sociedad ha establecido tres casas en Argentina, una en los Estados Unidos y otra en Italia. Los misioneros ven una gran necesidad de re-evangelizar a aquellos en la cultura secular de ahora, quienes están alejados de la iglesia, para atraer a estas personas a un encuentro real con Cristo.
La Sociedad ha estado activa desde la apertura de su casa en Corvallis. Los miembros han liderado cuatro retiros para estudiantes de los colegios universitarios y adultos jóvenes, entre otras actividades. Por ejemplo, los estudiantes de OSU forman el grupo más grande de participantes en los retiros, alcanzado más de 190 estudiantes. El próximo retiro estudiantil se llevará a cabo del 29 de febrero al 2 de marzo en el Centro 4-H a las afueras de Salem. Los retiros entre las comunidades hispanas del occidente de Oregón han visto algunos resultados importantes. Se han realizado 10 retiros iniciales de las comunidades hispanas de Medford, Corvallis y Albany. Más de 600 hombres y mujeres han hecho estos retiros.